El despertar de la primavera, en Formentera

La benigna climatología de la menor de las Pitiusas es ideal para quienes deseen descubrirla con tranquilidad, antes de la vorágine veraniega
Formentera es sinónimo de ‘sol y playa’. Pero hay muchos más motivos para disfrutarla de otra manera, más allá de los chapuzones. Las suaves temperaturas primaverales de esta isla balear son toda una invitación a recorrer a pie o en bicicleta su treintena de rutas verdes, a disfrutar del avistamiento de aves, a relajarse con solitarios paseos por la dorada arena de sus playas, despobladas de toallas y bañistas; a saborear su deliciosa slow food…  Y como no, a enamorarse con los melancólicos atardeceres del cabo de Barbaria, junto a su majestuoso faro; desde Cala Saona o dando un paseo por la playa de Illetes… viendo cómo el sol languidece hasta acunarse en el horizonte Mediterráneo. 
El despertar de la primavera’ –título del famoso musical inspirado en la obra homónima del dramaturgo alemán Frank Wederkind– le viene como anillo al dedo a una estación del año en la que Formentera se ofrece al visitante ávido de experiencias que van más allá del dolce far niente veraniego en sus paradisíacas playas. Sin las altas temperaturas de la canícula estival, es el momento ideal para desembarcar en La Savina, su puerta de entrada marítima,… y empezar a disfrutar de la menor de las Pitiusas.
¿Por dónde? Quizá por Ses Illetes, esa fina lengua de arena que monopoliza gran parte de la península de Es Trucadors. La cuarta mejor playa de Europa –y una de las mejores del mundo– según el Tripadvisor Traveller’s Choice del pasado año, también es digna de descalzarse y, paso a paso, ir dejando un reguero de huellas en la arena rumbo al finisterre norte de Formentera, desde donde se vislumbra el islote de s’Espalmador. Lo mismo que podríamos hacer en Midjorn, la ‘reina’ de la costa sur, con sus casi infinitos 5 kilómetros que la convierten en la más larga de la isla. O en la coqueta cala Saona, joya de la costa occidental, agazapada entre acantilados. 
A pie o en bicicleta, sus 32 rutas verdes, estrenadas hace junto un lusto, son caminos entrelazados para perderse entre la salvaje naturaleza de Formentera hasta completar más de un centenar de kilómetros, la mayoría planos y accesibles para lo amantes del pedaleo. Y también ideales para el turismo activo de la Marcha Nórdica, apoyada en bastones.
La variada y singular fauna de la isla, con más de 210 tipos de aves censandas –entre migratorias y las que han hallado acomodo allí– es toda una tentación para el turismo ornitológico, que cada vez cuenta con más adeptos. Para ellos, Formentera ofrece una ruta señalizada con pantalla de observación.
Y al caer la tarde, nada mejor que ir al Cabo de Barbaria para despedir el día desde su atalaya natural, al pie de su faro, sobre acantilados desde los que admirar el mágico espectáculo del crepúsculo, cuando el sol se pierde por el horizonte y el cielo se tiñe de rojo.